Monday, April 05, 2010

:: Update - part one ::

Muchas cosas han ocurrido desde mi última confesión. Como el terremoto de más de 8 grados que azotó a Chile en su parte central. Y sí, terminé con Lucas porque me fue infiel al menos cuatro veces con la misma persona, un psicólogo que vive en Ñuñoa.

Un poco de educación: Ñuñoa –que significa “lugar de flores amarillas” –es una comuna de Santiago habitada por artistas de buena situación económica, personas del ambiente político, familias que otrora fueron ricas –y que actualmente sólo conservan las casonas de aquel buen pasar –y por la nueva clase media que ha surgido de comunas más populares de Santiago. Esto último ha llevado a la municipalidad a autorizar la construcción de edificios de gran altura dejando atrás la urbanización que caracterizaba con edificios de no más de cuatro pisos.

Volviendo a lo mío, Lucas arrendaba en Vitacura porque Lucas es originario de Viña del Mar y estudiaba en Santiago. Habíamos terminado después de una relación de 10 meses. Habíamos vuelto a ser amigos después de un largo tiempo separados –porque yo creo eso de que el amor es una adicción y la única forma de superarlo es cortar toda conexión que te acerque a la droga. Pero Santiago es chico y nos volvimos a encontrar por amigos en común y volvimos a re encantarnos el uno con el otro y en ese período estábamos cuando Lucas sufrió un accidente, tropezó y se cayó encima de un baúl y una de las puntas le rompió la nariz. Me llamó llorando, no sabía qué hacer, le dije que iba corriendo a verlo. Cuando lo vi casi morí de pena. Me dijo que su hermano mayor iba en camino y lo llevaría a la clínica. Nos abrazamos fuerte y le prometí que siempre cuidaría de él. Cuando llegué a casa y le conté lo del accidente a mi madre, ésta –que ya lo conocía y lo quería mucho –me dijo que era una estupidez que viviera solo teniendo un cuarto disponible en nuestra casa. Y así llegó Lucas a vivir a la casa de mis padres, y así también volvimos a enamorarnos.

Formamos una relación en la que no necesitábamos nada más que el uno del otro, compartiendo de vez en cuando con amigos heterosexuales, sin frecuentar el circuito gay y sin tener amigos gays. Parecía que todo estaba bien. Hasta que la rutina empezó a corroer nuestra relación, dejamos de tener sexo, y cada uno por su lado -y a escondidas- comenzó a buscar distracción en Internet con desconocidos. Por mi lado todo quedaba en el ciberespacio, por el lado de Lucas el encuentro fue real.

Un día Lucas me comentó que había conocido a un chico que consideraba su “amigo de Internet”. Me preguntó si podía conocerlo. Le dije que sí. Otro día me preguntó si me molestaba que fuera a encontrarse con su amigo de nuevo. Le dijo que debería presentármelo, pero que fuera. Otro día me dijo que quería juntarse con su amigo una vez más –todo esto en un período de dos semanas –y me preguntó si me molestaba. Le respondí que sí, que me molestaba pero que no podía mantenerlo encerrado. La cuarta vez veníamos llegando de Viña, donde pasamos el Año Nuevo 2010. Almorzamos con mis padres y Lucas salió. No le pregunté nada, no me informó nada. En ese momento sentí que todo se pudrió. Supe de él hasta las doce de la noche cuando le envié un mensaje al celular. Me dijo que estaba bien y me preguntó si quería salir, le pregunté dónde quería ir, me dijo a comer, le indiqué que era tarde pero que si quería pasara por mí, me dijo que me llamaría en un rato. No supe más de él. Llegó a las 4 de la mañana, intentó meterse a mi cama, lo eché a su pieza y le dije que hablaríamos al día siguiente.

Cuando desperté fui a su cuarto y le dije que ese mismo día tenía que irse de la casa de mis padres, que no quería verlo en mucho tiempo, que lo nuestro ya se había terminado. Lloró lloró y lloró. Me pidió perdón, me dijo que gracias a esto –sus salidas con el psicólogo –se había dado cuenta que me amaba y que era la persona con la que quería estar el resto de su vida. Me hice el fuerte y le dije que era demasiado tarde, que no era necesario caer en la infidelidad para iluminarse de esa forma, que si había problemas en nuestras relación lo correcto era terminar y hacer lo que quisiera con su vida. Le dije que no me importaba dónde fuera, pero esa noche, no dormiría en la casa de mis padres.

El miércoles ya se había ido. La despedida fue uno de los momentos más dolorosos que me ha tocado vivir. Es como si alguien te abriera el pecho con las dos manos y te arrancara un pedazo del corazón. Le dije que si lo nuestro estaba basado en amor verdadero, en algún momento volveríamos a encontrarnos y le pedí que recordara que siempre siempre lo iba a amar, sin importar si en nuestro futuro no cabía el otro. Me dijo que una de las cosas que más le dolía era que sentía que estaba perdiendo a una familia.

No les voy a mentir. Escribir esto todavía me duele y ya han pasado tres meses. Creo que es una de esas heridas que aunque cicatrizó bien, igual la ves cuando te miras con detención en el espejo.

Terminamos el 3 de enero del 2010. Odié el inicio del nuevo año. Hasta que me di cuenta que el año chino del Dragón aún no terminaba.

Continuará...